Algunos veían así dicen. No sé porqué será.Una multitud pasó el sábado por el Autódromo de Buenos Aires para vivir la fiesta electrónica más importante del año. La octava edición de Creamfields convocó a 50.000 personas que deliraron con los mejores DJs de la escena, entre los que se destacaron David Guetta, Roger Sánchez, Erik Morillo, Hernán Cattaneo…
Es muy difícil, por su forma, abarcar todo el festival. Desde su origen, está planteado para elegir entre uno u otro artista y eso hace que la mayoría de los sets queden a un costado. En consecuencia, el público termina viendo menos de lo que quisiera y abarcando la minoría de los múltiples eventos que se desarrollan al mismo tiempo en distintos lugares.
Por eso, hay que tener en claro las alternativas ofrecidas y no perder el tiempo en vacuidades. Creamfields no es para principiantes y ese concepto lo hace muy interesante. Los melómanos sacan una ventaja considerable, lo que invita a la investigación que deviene en conocimiento. Por supuesto, están los que se estancan en un lugar, ya sea el main stage o cualquiera de las carpas, cada uno decide. Es como “Elige tu propia aventura”, pero real.
A través de las distintas ediciones, el festival itinerante más importante de la música electrónica fue mutando. Así es que ya no se trata, exclusivamente, de un evento de bandejas y que pudo disfrutarse de bandas como Bajofondo (con Gustavo Cerati en “Marea”), Bicicletas, UNKLE y Gorillaz Sounsystem, entre otras. Los resultados fueron disímiles, pero la diversidad es cada vez mayor.
La organización del espectáculo fue muy buena, aunque el show de Guetta, uno de los preferidos de los argentinos, pareció estar en el lugar incorrecto. La carpa Arena 1 estuvo sobrecargada y el ambiente fue sofocante, lo que hace pensar que el DJ francés podría haberse hecho cargo del escenario principal.
Todo terminó cuando aparecían los primeros rayos de sol que acompañaron la retirada. Ahí comenzó la odisea del viaje, consecuencia de la estafa de los taxistas que cobraban el doble del valor real del traslado o que no querían hacer viajes cortos (que también te lo cobraban el doble o más). Por ejemplo, el viaje hasta Palermo costaba 80 pesos y a los extranjeros lo mismo pero en dólares o reales. Todo esto permitido por los efectivos de la Policía Federal, quienes se encontraban en las afueras del predio. Una verdadera vergüenza.
Por supuesto, este detalle fue insignificante para empañar el brillo de una fiesta que ya es fija en Buenos Aires y que seguirá llenando de alegría la ciudad en los años venideros. Sólo hay que esperar hasta fines de 2009, cuando se realice una nueva edición de Creamfields y otra invasión de DJs aborde el Oscar Gálvez.
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